En las calles de la ciudad, me fijé en un hombre, de cabello largo y entrecano ordenado en una cola, la cual acababa en un perfecto rizo, llevaba un bolso de mano negro y colgando de su hombro izquierdo un tubo cilíndrico como los que usan los arquitectos para guardar sus mapas o los artistas sus dibujos. Debería haber tenido unos cuarenta años o al menos eso reflejaban sus arrugas, las cuales dibujaban cierta expresión de soledad sobre su piel, que no era ni clara ni oscura. Su ropa, de color café oscuro, combinaba con los tonos de invierno de esos días, y me trajo a la mente los recuerdos de una persona que me dejó hace muchos años.
Se adentró por una esquina del centro de la ciudad, no había mucha gente en el sitio, un deseo repentino me llevó a seguirlo, era algo como no lo experimentaba hace años, como una oleada de repentina excitación que afloraba desde mi estómago. Comencé a caminar en la dirección que él había tomado, pero ya no estaba. Una decepción terrible se apoderó de mí y regrese a mi ruta, rumbo a la oficina nacional de relaciones exteriores. Yo a mis treinta y ocho años trabajaba allí, a cargo de un equipo asesor que respaldaba al gobierno en sus relaciones internacionales.
Durante todo el día me sentí rara. Ni una sola palabra de los informes de mis subordinados lograba penetrar mi cerebro. Tal vez era él, habían pasado dieciocho años desde la última vez que supe de su persona. A la una de la tarde salí de la oficina a un restaurant cercano en busca de mi almuerzo, pero no pude siquiera comer. Al paso de las horas llegó la tarde y logré auto-convencerme de que no era la persona que yo había creído.
Se me fueron así dos días, como suele suceder en mi rutina de días rápidos y largas noches de soledad, junto a una película y un cigarro. Llegó entonces el fin de semana y no había nada que hacer. Salí con mis viejas amigas, Paula y Catalina, ambas profesoras de una universidad conocida. Ellas me conocían desde que íbamos a la escuela y les conté mi hazaña del hombre que perseguí en vano. Sumidas en un torbellino de licor y risas, no se enteraron del trasfondo de mi estado: un nerviosismo profundo me asolaba, aunque no había razón, sólo había visto a un hombre que me había sido familiar.
Llegó el lunes y emprendí mi camino de todos los días, todo es normal, sólo era una persona más del mundo, “salgo de mi departamento a las diez de la mañana, llego a la oficina a las diez y media, almuerzo a la una, regreso a trabajar a las dos y salgo otra vez a las cinco, es todo”, pensaba para confortarme en mi rutinario vivir. Salí como demandaba el tiempo, a las diez, ese día, lunes 9 de Marzo, de mi residencia. Caminaba por las mismas calles, y allí estaba nuevamente, caminando delante y una emoción terrible y profunda de apodero de mí, como si una canción hubiese comenzado a sonar otra vez en mi corazón y mi cabeza. Esta vez le seguiría sin perderme. Caminé tras él, separados por dos metros, sentía su aroma, era él, estoy segura de que era el mismísimo Andrés, el hombre que más amé y que jamás olvidé, el mismo que se había ido a España hacían ya dieciocho años y que estaba de regreso. Dio la vuelta en la misma calle que lo había hecho algunos días atrás y entró en un cité con cuatro casas alineadas, todas de dos pisos y una que estaba sobre la puerta. Era un avance, ya sabía donde buscarlo.
Aquel día me pareció resplandeciente. Llamé por teléfono a Paula y le conté, ella rio como lo hacía cuando le contaba mis aventuras para ver a Andrés a horas no adecuadas, y su consejo, fue el de siempre, sigue a tu corazón. Precisamente eso hice, redacté una carta, la sellé y pasé por ese mismo lugar en la tarde. Se la di a un niño que jugaba en el patio del cité y le indiqué que la dejara en la puerta de Andrés a cambio de algunos chocolates.
A las dos de regreso en la oficina todo era normal, y poco antes de salir derramé café en mi traje que por desgracia era el mejor que tenía, y el color blanco no ayudaba mucho, bajé en el ascensor y llegué a la puerta principal.
Emprendí mi camino de todos los días y pasé otra vez por fuera del cité, el corazón me palpitó tan rápido como cuando corría, y en ese momento, mi imaginación era la que corría. Imaginaba que Andrés bajaría y me envolvería en sus brazos, pero nada pasaba. En el piso alto que estaba sobre la puerta, la luz estaba encendida y una silueta estaba parada junto a la ventana. Seguí caminando, pero un avión de papel salido de la ventana se me adelantó. Vi entonces al niño del encargo, que me sonrió y saludo con su mano pequeña y blanca, le sonreí de vuelta y me largué de allí.
Al día siguiente hice el camino de todos los días y estaba el niño parado en la esquina, pero algo parecía estar mal: El niño lloraba desconsoladamente. Corrí a verlo y le pregunté que sucedía y me contó que su padre había tenido un accidente, lo habían atropellado en la calle y estaba en el hospital, le pregunté por su madre y me dijo que ella había muerto hace muchos años, cuando el pequeño nació. Lo tomé entre mis brazos, debería haber tenido unos siete años, lo llevé hasta el hospital, subimos al metro y llame por teléfono a la oficina. Llegamos al hospital, le pregunté “¿cómo se llama tu papá?” y él me respondió: Andrés Valverde. Me congelé.
En ese momento nos pasaron a la sala de espera y yo mantenía a su hijo, el hijo de Andrés, en mis brazos. Pasaron las horas y un médico apareció derepente, su rostro era sereno, pero sus facciones se tornaron preocupantes al verme, me preguntó si yo era su mujer y sólo se me ocurrió asentir con la cabeza. El hijo de Andrés en ese entonces dormía en mis brazos por tanto haber llorado.
Pues bien- me dijo el médico- Lamento informarle...
Pero ya sabía lo que había sucedido.
Media hora más tarde, o cuarenta minutos después de eso, salí con el hijo de Andrés, cansado aun de tanto llorar, él no me preguntó nada, pero se aferraba muy fuerte a mí. Mi vida había cambiado completamente sólo en una semana. Desde entonces me encargué de Javier (el hijo de Andrés), él cada vez se parece más a su padre.
Ahora, mis noches ya no son tan solitarias, pero aun sufro cada una de ellas apegandome a un recuerdo que me abraza y me besa por las mañanas, que me dice mamá y que me recuerda al único hombre que amé.
sábado, 12 de julio de 2008
martes, 1 de julio de 2008
Un Àngel llora
Las flores ya no llegan
el poema se acabó
lo que un día fue amor
en amargura se volvió
ella quiere regresar el tiempo que pasó
para poder revivir los placeres del ayer
ya no puede ver las cosas igual
porque en un mar de olvido todo ya quedo
ya luz ya no ha perdido su color azul
las estrellas miran
la luna la abraza
y un angel llora......
pasaron ya los años
ya el se olvidó
de el amor que prometió
cuando la conoció
entra a la habitacion y en la cama el la vió
toca su cuerpo frío la tristeza la mató
las flores ya llegaron
el poema empezó
sobre una tumba fría
el llora su dolor
el solo quiere regresar el tiempo que pasó
para poder perderse asi en la dulzura de su voz
ya no puede ver las cosas igual
porque en el mar de olvido todo ya quedo
y a luz ya no ha perdido su color azul...
las estrellas miran
la luna lo abraza
y un angel llora.......
las estrellas miran
la luna lo abraza
y un angel llora..........
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